sábado, 22 de febrero de 2014

CUERPOS.

¿Y si no hubiéramos nacido en un cuerpo? No puedo dar sugerencias de lo que podríamos haber sido, pero hubiera sido algo hermoso nacer en algo que no llorara, que no pataleara o se enojara, en algo que no sufriera o fuera víctima del dolor, en algo que no frunciera el ceño, en algo que no sudara o riera, en algo que no envejeciera, el cuerpo es una cárcel de sentimientos y emociones, el cuerpo es la mejor y peor prisión para el amor. Ojalá hubiéramos sido algo que no sintiera frío, calor, sed… 

Un cuerpo es responsabilidad, una innecesaria que no pedimos, vinimos para pasar necesidades, necesidades en un cuerpo, o vinimos para pasar vergüenzas en cuerpos que no queremos o amamos, sería más fácil desde el útero decidir lo que algún día, afuera, podríamos ser, entender el mundo antes de venir a él, saber que si nos depara solo sufrimiento y temor, no saldríamos nunca. Ahí adentro quedaríamos todos como parásitos, absorbiendo todo el amor posible de aquél único ser que nos lo puede dar, la mujer. No es egoísmo, es amor, ella sufre y ama, yo amo y sufro. 
El cuerpo es sufrimiento, necesitamos de cuerpos para no sentirnos solos, y no queremos a nuestro lado cuerpos para sentirnos solos. Y si hubiéramos sido algo diferente a un cuerpo, ¿Qué seríamos? No me da hasta allá la imaginación pero tampoco me quiero conformar con la idea única de lo que somos, porque el amor no está en un cuerpo. Hay gente que juzga el amor por el cuerpo, algunos dicen, ¡Vaya cuerpo de esa guitarra! Y otros dicen, “el cuerpo es muy importante porque de lo contrario, no sonaría bien”, ¿Sonar bien? ¿Sonar bien para quién? Toco un cuerpo para los demás, ¿Eso es lo que hago? Eso es lo que me obligan y enseñan que debo hacer desde que nací, complacer el cuerpo de los demás, o complacer con mi cuerpo a los demás. 
El cuerpo es la cárcel más patética que existe y al mismo tiempo es el más hermoso regalo que se nos ha atribuido; no tengo idea ni espero respuestas de quién nos hizo tan tremendo regalo, la cárcel más incómoda en la cual el único prisionero que tenemos dentro se llama amor y que la verdad no queremos compartir porque lo encerramos en un cuerpo. El amor ama el cuerpo, no ama más porque no sabe amar. Yo estoy hablando de una verdad que no es para todos verdad, para mí no es verdad el amor al cuerpo. El amor al amor, al ser, a lo eterno y único con sentido.

Al morir el amor se vuelve receloso, extraña el cuerpo que se fue y ama su ser, solo ahí ama su ser y de todas maneras ama de la manera egoísta cerrando las puertas al amor dentro de cuerpos ajenos, el amor no es egoísta; entonces al morir amamos menos, al morir extrañamos y no amamos. Solo es capaz de amar el amor cuando al irse el cuerpo, el amor se alegra y dice, salió de su cárcel y su amor está ahora con nosotros, su amor es tan libre como el mío, el mío es libre ahora. No soy esclavo de un cuerpo o no soy esclavo de una cárcel, vivo en esta cárcel siendo libre, amo libre.  Por eso agradezco al cuerpo, a la cárcel en la que habitan muchos, en la que yo habito pero a la cual no pertenezco. Es mi lugar más no mi hogar. Y la única manera de saber que somos libres es haber nacido siendo presos. Por eso pregunto de nuevo, ¿Si no hubiéramos sido un cuerpo, qué seríamos?


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